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Federico del Toro Torres: Zancas de jinete

Para triunfar en las carreras se necesita ser buen jinete, tener buena moto y talento. De esta manera define Federico del Toro Torres las características que marcan la diferencia entre un campeón y un piloto de carreras.

Viva voz de la historia del motociclismo en México, Federico recibió en su casa de Guadalajara, Jalisco a Revista Moto para repasar con nosotros una trayectoria forjada en los circuitos y una pasión por las dos ruedas que comenzó cuando contaba con 18 años, edad en la que trabajaba en un taller de motocicletas de la capital tapatía que regentaba Luis G. González, en la calle Zaragoza.

Del Toro terminaba su jornada laboral para ahondar más en su pasión por la velocidad acudiendo al Estadio Olímpico de Guadalajara para ver las carreras que se disputaban. Allí se le despertó el ímpetu de la competición y, sin pensarlo dos veces, comenzó a competir con su primera motocicleta, una TWN alemana de 2 tiempos y 125 cc no preparada para ello. “Tal y como venía de fábrica y, dado que era una moto muy rápida, me metí en el circuito”, comenta.

De sus primeros pasos recuerda que pronto dominó el arte de “los derrapones” y pronto comenzó a participar en todas las competencias que podía, mejorando carrera a carrera su técnica y aprovechando sus aptitudes para competir con la elite de ese entonces.

Corría el año de 1953 y del Toro ya se medía con figuras como Jaime Verduzco “el socio”, Ramón Hernández o Salvador Rocha, un grupo muy grande del Motoclub Jalisco que más tarde daría pie al Motoclub Halcones. “Éramos muchos y algunos tenían mucho talento, pero yo destaqué desde el principio; casi siempre era primero y segundo… La verdad es que no me acuerdo de los que andaban detrás; todos eran muy entusiastas, pero no tenían zanca de jinete”, recuerda con una sonrisa.

En su relato, que se aglutina en las fotos en sepia que conserva, existen recuerdos con personajes que son historia pura del motociclismo en la República Mexicana, ‘Chavita’, ‘Pasolargo’ o Ildefonso ‘El Loco’ Camarena, uno de los rivales que recuerda perfectamente y que define como un motociclista “espectacular” al que le encantaba “barrer la motocicleta, derraparla y andar muy recio”. A pesar de esto, del Toro remarca que Camarena nunca logró vencerlo en una pista, a pesar de que lo intentaba a diario. “En ciudad, en campo; con motos de 125 cc y 250 cc nunca me ganó; pero era muy bueno; cuando yo ya no corría ganó dos o tres campeonatos estatales”, recuerda con una sonrisa.

CARRERAS Y TÍTULOS

En su periodo más productivo en carrera ya competía con una BMW 250 de 4 tiempos con un motor bóxer con pistones laterales con la que se proclamó campeón de Jalisco en el Estadio Olímpico, uno de sus trazados favoritos.

En Jalisco, del Toro participó en la carrera Chapala-Guadalajara que completó en “13 minutos y medio pasaditos, a una velocidad escalofriante”. Esta competencia la recuerda de un modo muy vívido, en concreto cuando estuvo a punto de perder el control de su moto en una curva a gran velocidad. “La inercia estuvo a punto de sacarme de la curva, pero pude bajar la velocidad, acomodarme y volver a la curva. Fue una suerte doble porque si me salgo me mato y porque después de eso conseguí el primer lugar y ya no lo solté hasta llegar a Guadalajara”, asegura.

Otra carrera que no se borra de una memoria excepcionalmente lúcida la disputó en Tepic, en el circuito La Loma, con una moto de 250 cc cuya velocidad despertó recelos entre otros participantes. “No se creían que la moto era de fábrica y me discutieron el primer lugar”, reconoce. Igualmente viva en su memoria está la carrera en Lago Azul, una pista improvisada de asfalto que reunió a muchos pilotos talentosos que se retaron a altas velocidades. Los hermanos Verduzco, ‘Copi’ Mejorada o ‘El Güero’ Rocha figuraron entre los contendientes.

Federico del Toro amplió su afición y sus fronteras disputando carreras en la Ciudad de México, donde llegó de invitado por ser distribuidor de la marca Triumph en México. Una distribución un tanto particular porque se hacía desde su propia casa “porque –admite– no tenía dinero para la renta de un local”.

En su primera carrera en la capital, disputada en el Hipódromo de las Américas a finales de 1950 a los mandos de una Triumph 500 del Toro salió vencedor frente a 18 de los mejores pilotos del país. “No me vieron ni el polvo; el que más cerca iba lo tenía a una distancia de cinco o seis motocicletas”, asegura.

Los éxitos cosechados en México le abrieron a del Toro las puertas de una competencia internacional: el Campeonato Internacional de Estados Unidos, en El Paso, Texas; donde se coronó campeón tras dos semanas de carreras.

Tras ganar la mayoría de las pruebas en las que competía, en 1965 Federico del Toro dejó de andar en motocicleta y cuenta con normalidad este paso en su vida, reconociendo que ni siquiera conserva una moto en su casa porque –asegura– “si me subo a una moto ahora me caigo”. En este sentido el piloto no olvida las caídas que tuvo en su carrera y presume de no haber sufrido “ni una sola fractura”.

Como un aficionado más que ha vivido la revolución en el mundo motor, se refiere a las motos actuales destacando la potencia y los adelantos tecnológicos; resume la manera de pilotar las motos de antes y las de ahora de un modo sencillo: “antes había que bajar el pie para entrar a las curvas y hoy se baja la rodilla. A 130 km/h yo bajaba el pie y salía a 180 km/h”. Palabra de campeón.