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Vaqueros de cafetería

El fin de la Segunda Guerra Mundial trajo la paz a Europa pero muchas heridas seguían abiertas. Los países vencedores estaban inmersos es una profunda crisis económica que marcó a una generación de jóvenes con un profundo sentimiento de hastío. Con pocas oportunidades laborales y pocos ingresos se sentían identificados con una tendencia musical incipiente: el rock, que ponía la banda sonora a unas vidas huérfanas de libertad.

Esa libertad ansiada y la escasez de recursos fue lo que gestó un una tendencia motociclística que aun se mira con nostalgia. En pequeños talleres modificaban motos de la época para incrementar sus prestaciones y su manejo, olvidándose de cuestiones como la comodidad y, en algunos casos, de la seguridad. Las máquinas se ponían a prueba en circuitos urbanos improvisados: de café en café, los ton-un-boys (chicos que superan la barrera de las 100 millas por hora) se retaban a recorrer la distancia entre un local y otro en el tiempo que duraba una canción en una gramola. Ese era el reto.

Con la velocidad por bandera y una imagen que se iba gestando a base de chaquetas de cuero y botas, la juventud de la época se reunía en locales míticos como el Ace Cafe de Londres, un lugar que congregaba a miles de motociclistas, desde donde peregrinaban hacia otros lugares similares a todo gas, mostrando sus creaciones. El Busy Bee, un café similar situado a 12 millas de distancia, medía la capacidad de los pilotos. Las reglas eran simples: poner un disco, montarse en la moto y recorrer un circuito lo antes posible para volver al punto de partida antes de que terminase a canción.

Normalmente el circuito urbano (abierto al tráfico) solía tener unas cuatro millas de longitud y para completarlo a tiempo la velocidad media tenía que superar los 110 kilómetros por hora. Quien piense que se trataba de una prueba sencilla debe mirar las motos de la época (y las carreteras). Y quien piense que estas reuniones eran como las de ahora es porque no tiene en cuenta que los rockeros tenían su némesis en los Mods, ataviados con abrigos verdes, jersey de pico y sus scooters Vespa o Lambrettas, repletas de retrovisores y faros. Los enfrentamientos eran comunes y no destacaban precisamente por discusiones a cuenta de motos o música.

Más velocidad

Las cafe racers eran provenían en general de bases inglesas con motores monocilíndricos, bicilíndricos en línea y en v o V-Twin. Estos modelos se caracterizaban por tener una base relativamente barata y la capacidad para ser modificados hacia el racing de un modo sencillo, como la Spitfire, la Super Rocket, la Norton Atlas, Vincent Grey Flash, la Triunmph Trophy o la Bonneville. Los rockeros personalizaban sus motos con pequeños carenados, modificaciones en chasis y estriberas, tubos de escape, colines y aligeramiento general de la máquina. ¿Quién necesitaba una moto cómoda?

Las principales modificaciones estaban orientadas a eliminar todo lo que no fuera imprescindible para aligerar el peso, desechar o modificar guardabarros para obtener unos más cortos, colocar semimanillares debajo de la tija superior, convertirlas en monoplaza con un gran depósito de combustible, estriberas retrasadas y colocarle tubos de escape sonoros.

Al hilo de esta tendencia surgieron una serie de constructores que se hicieron famosos por su trabajo, como los hermanos Don y Derek Rickman, Paul Dunstall, Dave Degens y Doug Clarke. Entre esas motos mestizas pasaron a la historia la famosa Triton de Dave, que usaba el chasis de doble cuna Featherbed de Norton, o uno parecido procedente de la Dominator con un motor Triumph de la Bonneville T120,  .

Algunas marcas quisieron entrar en el mundo Cafe Racer lanzando al mercado sus propios modelos, como la Royald Enfield Continental GT, Velocette Truxton y BSA Gold Star, sin lograr muchos resultados. Hoy las grandes firmas vuelven a hacer un guiño a este estilo, el más espectacular es la BMW R nineT con una inspiración en estas motos de entonces y grandes posibilidades de hacerla aun más café racer.